Dr. Emilio Santabaya
[ Epidemiólogo - Investigador ]
Ignacio Felipe Semmelweis
flecha naranja  Egresado de la Universidad de Buenos Aires en 1963.
flecha naranja  Matricula Nacional: Nº 29.694
flecha naranja  Ferviente amante e historiador del Tango
 
 
 
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  La salud pública en Buenos Aires, en los siglos XIX y XX.

(Al decir Buenos Aires, podemos extender el concepto a todas las latitudes del primigenio Virreynato del río de la Plata).

Cuando nace en 1778, el Virreynato del río de la Plata, los vecinos de la ciudad de Buenos Aires, se asistían de sus dolencias en privado. Con el médico de su elección, formado en España. Luego, unos pocos, en Inglaterra y Francia.

Para una población que superaba los 50.000 habitantes, la ciudad contaba en el comienzo del siglo XIX con tres hospitales. El Santa Catalina, de Defensa y Méjico, destinado a emergencias (el edificio fue recuperado y luego fue Casa de la Moneda y actualmente es Museo Militar). De la Residencia o de hombres, frente a la Iglesia de San Telmo, en la hoy calle Humberto 1°, con 200 camas, construido sobre terrenos expropiados a los jesuitas y el de la Caridad o de mujeres, con 70 camas, próximo a la capilla de San Miguel. Ambos fueron demolidos. Los pacientes que acudían a los mismos eran insolventes y/o menesterosos.

En 1801 cuando el virrey Joaquín del Pino crea el Protomedicato se inicia la formación y capacitación de los primeros médicos nativos. Su titular fue el Dr.Cosme Argerich. El 2 de marzo del mismo año se inician los cursos, en los que se inscriben 15 postulantes criollos, que egresan graduados cinco años depués, entre ellos Francisco Cosme Argerich, hijo de Mariano Cosme y nieto de Francisco, médicos todos de muy destacada actuación en la historia patria. La existencia del Protomedicato es efímera y cesa en 1812.

Con las invasiones inglesas se instaló en Balcarce e Independencia (en la esquina de una taberna y luego “El Viejo Almacén”) el primer Hospital Británico, que recién en 1886 pasa a su enclave actual de avenida Caseros y Perdriel.

Fueron excepcionalmente hospitales, por las mismas causas, los templos de San Juan, de Alsina, entre Esmeralda y Tacuarí donde las hermanas de clausura, las Clarisas, asistieron por igual a ingleses y residentes nativos. San Ignacio, La Merced, San Francisco, Santo Domingo, Montserrat y otros.

Entre 1801 y 1830 había en la ciudad cerca de 200 médicos, para asistir sobre todo enfermedades pestilenciales que constituían más del 60% de la demanda. Cuando se ignoraba la etiología de la generalidad de las enfermedades transmisibles, excepto viruela. Menos aún la epidemiología. El qué, cómo, cuándo y porqué se contagian las personas, los animales, los alimentos, el agua, etc. *

* Los agentes productores de las enfermedades transmisibles, se descubrieron luego del 1870. El primero en 1874 fue el bacilo de la lepra, por Armauer Hansen. Luego “los cazadores de microbios” Koch, Pasteur, Roux y muchos otros, descubrieron el origen de la mayor parte de las enfermedades contagiosas.

En la época colonial, hubo sucesivos brotes de viruela, en 1605, 1621, 1641. Luego en 1774,1792 y 1794. En 1804 el Dr. M. O’Gorman, indicaba las primeras aplicaciones de la vacuna antivariólica descubierta poco antes por Eduardo Jenner. En 1860 y 1864 hubo disentería bacilar. 1865, sarampión. Se convivía con brotes de difteria, tifoidea, tuberculosis, todas las respiratorias agudas y las estacionales. En interior, hubo brotes de peste bubónica, tifus exantemático y paludismo.

En 1814, con motivo de las campañas militares, la Escuela Médica del Instituto Militar comienza sus actividades docentes.

En 1821 se crea la Universidad de Buenos Aires, que incluye entre sus carreras, Medicina, con un plan de estudios, mayor de cuatro años.

Al año siguiente nace la Academia Nacional de Medicina que asume las funciones de control sanitario de la población, control de títulos y vigilancia del ejercicio profesional. En el mismo año se crea la Escuela de parteras, que incluye una maternidad, que funciona con tres camas en el Hospital de Mujeres.

La ciudad con sus precarios servicios sanitarios, se enfrenta a numerosos brotes epidémicos. Por la ausencia de cloacas. La falta de indicaciones o normas, acerca de la disposición de excretas, desperdicios, basuras, animales muertos, que contaminaban los pozos y las napas de agua de consumo. Por la carencia de agua potable que se obtenía del río de la Plata y distribuían para la mayor parte de la población, los aguateros, en enormes toneles, sobre chatas de ruedas muy altas.

Eran excepcionales los aljibes con agua de lluvia. Esto exponía a la población a riesgos constantes, sobre todo de enfermedades transmitidas por ingesta, por vía digestiva, durante todo el año o respiratorias agudas, cuando los fríos o las transmitidas por vectores tras las lluvias, (o víricas estacionales como el brote de sarampión en 1812, el siguiente fue en el 1825) y otro de fiebre tifoidea en 1817.

En 1827 se reestructura el plan de estudios de la Facultad de Medicina llevándolo a seis años. Los brotes de enfermedades pestilenciales persisten y asedian la ciudad, en esta instancia, escarlatina, en 1833-36 y 37.

Por decisión del gobernador, el general Viamonte, todos los graduados de la Universidad de Buenos Aires deben servir tres años en los ejércitos de la patria

En 1836, Rosas, gobernador de la provincia de Buenos Aires, en nombre de la Confederación, dispone que sólo podrán acceder al título de médicos, aquellos que acrediten fehacientemente adhesión a la causa de la Federación. Por ello renuncian y abandonan la Universidad, varios docentes titulares de cátedras y fundadores de la misma, Juan A. Fernández, Francisco Cosme Argerich y Juan José Montes de Oca.

Desde 1853 la Facultad de Medicina, se instala en el Hospital de hombres, frente a la Iglesia de San Telmo (que fuera hospital de la orden de los Betlemitas).

Por entonces inicia su atención en Alsina al 600, el primer Hospital Español.

En el mismo año el Dr. Ventura Bosch funda el Hospicio de San Buenaventura, para desamparados e inválidos de guerra, en los terrenos de la Convalecencia, aproximadamente donde ahora están la Plaza España y los terrenos adyacentes hacia el sur. Contiguo en Caseros y Salta, del Hospital de Alienado/as.

Muy poco después, sobre Bolívar y Caseros, comienza a construirse el Hospital Italiano, que concluye en 1872. Que en 1901 se traslada a su definitiva ubicación.

Continúan los brotes epidémicos con la consiguiente alarma. Cólera* en 1867 con más de 5000 afectados, 1500 muertos y una probabilidad de infectados y por consiguiente portadores, 10 a 20 veces superior. Atribuible al retorno de las tropas de la guerra desde el Paraguay, que se reitera en el año siguiente, con menos casos por las medidas de cuarentena. Retorna en 1882 junto a fiebre tifoidea y después en 1884 y 1886.

*Hubo también brotes en 1817, 1830, 1845, 1865, 1867 el citado, 1873, 1884, 1886 y 1887.

En 1868 con un diseño del Ingeniero John Coghlan, irlandés, del condado de Kerry, se instala la primera bomba de agua en el río de la Plata, con una toma a 1600 metros de la costa, que era potabilizada y llevada por cañerías a más de 17km. de extensión. Primero al parque de Artillería, en Plaza Lavalle, luego hasta Flores. En 1928, se pasó a la nueva bomba y planta actual, de avenida presidente José Figueroa Alcorta.

Entretanto se consolida la gestión del Hospital mixto, de inválidos por la guerra e indigentes en el Hospicio San Buenaventura (que luego será el Hospital Guillermo Rawson). Para los enfermos infecciosos se habilita temporalmente el Lazareto de San Roque, que luego será el Hospital Ramos Mejía.

Al desatarse en 1870 la epidemia de fiebre amarilla, con 200 casos, se recobra conciencia de la falta de servicios sanitarios básicos. Sin embargo no se toman medidas. Las intensas lluvias de primavera y verano del 70 inundan los pozos negros y las letrinas de los barrios de la zona sur, incluso en la Boca. En 1871 la epidemia se reitera por el arribo de un tripulante de un carguero procedente de Brasil que se aloja en San Telmo, en Bolívar al 1000.

Las consecuencias fueron funestas, 15mil muertos que involucraron principalmente a los habitantes hacinados en los conventillos de Montserrat y el Alto de San Telmo. Las autoridades gubernamentales abandonan sus residencias del área, como también los habitantes más conspicuos de Montserrat, San Temo y las quintas contiguas de Barracas, instaladas sobre la calle larga del sur (hoy avenida Montes de Oca). Todos emigran al norte, hacia Belgrano, a una legua y media, en zona baja, en cuanto a cota, aislada del resto y al oeste a San José de Flores. (Aún estaban pendientes los entubamientos de los arroyos Cildáñez, Maldonado, Vega, Medrano y los cierres de varios zanjones que por escurrimiento y relleno terminaron por desaparecer). **

**La Prensa de 13 de mayo de 1871 dice.”... La propagación de la fiebre amarilla parece seguir el curso de las cloacas”....

Recién en 1881 Carlos Finlay descubre que la enfermedad es transmitida por un mosquito, el Aedes aegypti. Corroborado por Walter Reed años después.

La epidemia de 1871, suscita una serie de medidas sanitarias, que aluden al tratamiento de las basuras, que debían ser enterradas a determinada profundidad, la desinfección de letrinas, la disposición de los muertos, que llegaron en abril a 300 diarios, con picos de 600. Se crea una Comisión Patriótica para asistir la epidemia que preside el Dr. Roque Pérez (*) y cuyo secretario es el Dr. Manuel Argerich, ambos abogados, que mueren en la ocasión. Se habilitan los terrenos de “la chacrita de los colegiales”, como cementerio, que pasa ser Chacarita. Allí se entierran las primeras víctimas. Accedían por ferrocarril, tirado por “La Porteña” que manejaba el ingeniero inglés John Allan, que murió en la epidemia. La mayor parte fueron incinerados y enterrados en el hoy Parque Ameghino, de Avenida Caseros entre Santa Cruz y Monasterio, frente a la futura Casa de Aislamiento (hoy hospital Muñiz), incluso el Dr. Francisco Javier Muñiz, voluntario en la emergencia, ya jubilado como prof. de obstetricia. Los acarreaba en chata, José Francisco Canarozzo, padre de los músicos hermanos (Canaro).

(*) Fue el fundador de la Masonería en la Argentina. Ambos fueron retratados admirablemente por el uruguayo Manuel Blanes cuando asisten a una moribunda.

Tras el fallecimiento de la nieta del virrey del Pino en la epidemia de fiebre amarilla del 71, su legado permite la construcción del hospital de niños, San Luis Gonzaga, que inicialmente dirige el Dr. Carlos Herrera Vegas, mientras el Dr. Ricardo Gutiérrez se preparaba en Europa. Luego éste lo conduce por 25 años.

En 1879 inicia su construcción en la manzana de la actual plaza Bernardo Houssay, el hospital Buenos Aires, futuro Clínicas, que pasaría a depender luego de la Facultad de Medicina.

Entre 1882-83 en unas barracas que permitían albergar 40 camas, pero que solían habitualmente abarrotarse con más del doble, comienza sus actividades la Casa de Aislamiento, a cargo del Dr. José Penna, en unos terrenos de la quinta de Leslie o Leinit, en Paraguay y Azcuénaga (entonces Andes), donde se recibían exclusivamente, los pacientes que habían pasado por el proceso de cuarentena, en el pontón, barcaza, que en el puerto dirigía el Dr. Pedro Mallo.

En 1884 se solicita al ingeniero Coghlan, la realización de los estudios de cotas, desagües pluviales (aguas limpias) y de cloacas (aguas negras) y el saneamiento de los arroyos que recorrían la ciudad. Una ciudad entonces de 1 millón de habitantes y una superficie cuatro veces menor a la actual

Limitado al norte, siguiendo la costa del río, a los barrios próximos hasta el Parque 3 de febrero y al sur hasta la boca del Riachuelo. El río llegaba desde el este hasta las avenidas Paseo Colón, Leandro N. Alem y del Libertador. Al oeste el límite era originalmente la avenida Pueyrredón (Sudamérica entonces) con proyecciones al sur-oeste, desde donde llegaban las reses por el Paso de Burgos, luego por el Puente Alsina, hasta el matadero del Parque de los Patricios. La leche, desde el tambo de D. Domingo Olivera, en el actual parque Avellaneda, por la avenida Provincias Unidas, actual Juan Bautista Alberdi y las verduras y frutas, por el camino del Rey, actual Rivadavia, hasta la plaza Miserere (el Once) desde las chacras y quintas cercanas.

En 1888, por decisión del Intendente Dr. Antonio Crespo (médico) ingresan al égido municipal los partidos de Belgrano y Flores.

Por entonces también merced a la gestión de José María Ramos Mejía, Eduardo Wilde, José Penna, Carlos G. Malbrán, Baldomero Sommer, Telémaco Susini, Luis Agote, Pedro Mallo y el oriental Carlos Susviela Guarch se crea la Oficina Sanitaria Argentina, para ocuparse de las enfermedades transmisibles, mucho antes que la homónima Panamericana, que nace en la segunda década de siglo XX.

Sus normas muy adelantadas a su época, son muy censuradas por Inglaterra, varios países de Europa central y Brasil, que privilegian el libre comercio, antes que el control de las enfermedades pestilenciales, que llegaban desde Africa, Europa y Asia por el incremento de las comunicaciones. A Luis Agote* le correspondió defender la posición argentina en los foros internacionales. * Fue el descubridor de los procedimientos para hacer incoagulable la sangre y de los grupos sanguíneos. Fue postulado al Nóbel.

En 1887 el hospital de mujeres se traslada a su ubicación actual, para ser el Hospital Rivadavia, sobre avenida Las Heras. El Hospital Francés inicia su gestión y Telémaco Susini funda el Instituto de Patología.

En 1888, la Casa de Aislamiento se muda a su lugar actual, las cinco manzanas situadas detrás del parque Ameghino, desde Uspallata hasta los bajos de Pereyra, con un proyecto de construir 18 salas, el que luego sería el Hospital Muñiz. Albergaría allí a las cátedras de enfermedades Infecciosas, a cargo de Penna y luego la de Tisiología (Tisioneumonología).

El mismo proyecto era seguido de la construcción del Laboratorio Central de Salud Pública. Que se haría pocos años después, (1904-1916) el primero de América, equivalente a los europeos, el Pasteur de París, Serológico de Viena, Biológico de Berlín. Con un edificio costeado por un mínimo impuesto a la venta de medicamentos, semejante en su diseño y estructura al Pasteur. Para determinar su misión y funciones se contrató al director del Serológico de Viena, el Prof. Rodolfo Krauss y se envió a Carlos Malbrán autor del proyecto, a capacitarse a los Institutos europeos citados.

Luego por indicación del mismo, se contrató a una pléyade de investigadores con el fin de capacitar a los profesionales locales. Allí se produjeron los primeros sueros antiinfecciosos, antiofídicos y antiarácnidos venenosos. El sector lo dirigían Bernardo Houssay y Angel Roffo, que fallece a poco. Las investigaciones específicas florecen por doquier y se realizan en todo el territorio del país y en los países vecinos y al mismo tiempo sirven para asistir y mejorar la salud comunitaria.

En el 90 se creó el esbozo del hospital Pirovano. Ante la plétora de internados en la Casa de Aislamiento, se inauguran el Hospital Enrique Tornú, el Hospital de Flores, Teodoro Alvarez y del norte Juan A. Fernández. Contiguo al Hospital San Roque, se construye la maternidad Eliseo Cantón. En el camino de las carretas y las reses, la actual avenida Almafuerte se construye la maternidad Lucio Molas, contigua al Hospital José M. Penna. Cercano al Clínicas, la Maternidad Pardo.

La expectativa de vida de la población, había crecido de poco menos de 40 años en 1820 a 50 años y más. Argentina estaba por entonces en la cima del conocimiento científico y le esperaban nuevos logros.

Además, el poder central acompañaba esos avances y le asignaba una importancia primordial a la Salud Pública, creando el Departamento Nacional de Higiene, dependiente del Ministerio del Interior.

En los años siguientes la salud pública muestra indicadores notables en cuanto a reducción de la mortalidad general y específica. Sobre todo en las áreas urbanas. Le suceden galardones superlativos, el premio Nóbel para Houssay, poco después otro para Luis Leloir, discípulo del anterior. Las propuestas al mismo premio para Armando Parodi, junto al ruso V. Zdanov, por el descubrimiento de la etiología de las fiebres hemorrágicas.

De Abel Cetrángolo por sus notables investigaciones en tuberculosis, de Eduardo De Robertis por investigaciones sobre el daño corneal por virus y culmina con César Milstein con otro premio Nóbel, por los anticuerpos monoclonales. Los únicos premios de ciencias y medicina de América latina.

Los últimos atisbos de acompañar la salud de la población, se observan en la década del 40 con un visionario de la salud, un neurocirujano, el Dr. Ramón Carrillo, que mantiene el concepto vertical normativo, pero extiende esto a todas las regiones del país. Se construyen numerosos hospitales, hasta duplicar la dotación de camas.

Siguiendo los conceptos que afirmaban Penna y Malbrán. (Incluso estos habían hecho los diseños arquitectónicos de los centros de asistencia y laboratorios de salud regionales). Por fin la salud se regionaliza.

En el interín, mientras los logros científicos se suceden, el área de salud jerarquizada primero a secretaría y luego a ministerio, pasa a ser rehén del poder político. Por los importantes recursos que moviliza el sector social. El choque de Carrillo con otros sectores del poder, exigen su relevo perentorio y exilio en un pequeña ciudad de Brasil donde muere en la mayor miseria, en diciembre del 56.

Por décadas se olvidarán de las cloacas, de la extensión de la red de agua, de la prevención y promoción de la salud. Total, aquellas no se ven, del resto, con palabras basta.

En las décadas del 60 y 70, vuelven llos conceptos de riesgo y las evaluaciones epidemiológicas, por el maestro Dr. Carlos Urquijo, creador de la cátedra de Epidemiología de la Escuela de Salud Pública, ante el nacimiento de las represas hidroeléctricas (por los riesgos de la Squistosomiasis, endémica en Brasil, vehiculizada por caracoles infectados, Biomphalaria), también por infecciones hospitalarias; por toxiinfeciones alimentarias; por enfermedades prevenibles por vacunación; por patologías diversas, etc.

Luego sólo asistencialismo.

Prof. Emilio Santabaya.

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